Muchas veces escribí con un final entre los dedos. Muchas veces nuestras miradas fueron las mismas. Muchas veces controlamos segundos en los que las palabras nada tenían que hacer ahí.
Todo pasó demasiado rápido para comprenderlo. Al menos eso creía, por que a decir verdad se hizo algo eterno…
Nunca pensé que aquí descubriría momentos y almas especiales-espaciales. Creí que en este mundo descontrolado de nuevos rostros no habría nadie a quien comprender. O que intentara comprenderme a mí.
Entre suaves infinitos viví otras realidades. Enseñe un poquito de mi y aprendí de ti. De él. De nosotros. No sé si comenzó en un parque, si fue en un supermercado, o si fue en las salas de la universidad, si fue entre galletas mezcladas, entre cuadernos rayados o entre colores columpiados que apuntaban al cielo…
Casi no recuerdo muy bien como fue. Pero fue.
Reías, reías y reías.
Me gustaba ir. Sin mentir, él logró que ya no me sintiera tan sola. Así que dejé mis miedos guardados en la estación del metro (solo para ir a buscarlos después), y cubrí el espacio con dibujitos cuadrados y redondos, con caricaturas poéticas en las mesas, y con un contrato infinito en materias de periódicos…
Golpes. De esos que surgen de repente sin algún aviso, que te comen de a poquito.
Así fue como después de abril, corrí a buscar mis temores al metro, el lugar donde los había abandonado, y sin tropiezos levanté la cabeza haciendo como si nada en mi vida hubiese pasado.
Se había marchado. No dijo el por qué, ni cuando volvería.
Solo lo hizo, y ya.
Fue suficiente para él, pero no para mí…
Era imposible creer que se había esfumado así… tan mágicamente como lo descubrí. Quizás fue solo una ilusión –pensé- Un holograma. Tal como él casi me convenció alguna vez, que eso era la persona que yo más amaba. Quizá a él también lo construyeron con un fin en especial. Pero no. Su alma contradictoria se había escapado de mis entendimientos, y me hizo creer que el duendecillo mágico había perdido sus encantos, que se había desvanecido finalmente entre las sombras de lo que alguna vez fue brillante y luminoso -Como mis faldas-.
Me hizo creer que todo lo vivido se resumiría a regalos inútiles pegados en mi pared o en mi cajón. A recuerdos efímeros y a dibujos – a ojos de los demás- sin sentido.
Acaso la espera no fue infinita.
Por que en un día de invierno, con frío y con sol, se volvió a aparecer por mi camino.
Cada vez que fue “pensado”, olvidaba un poquito a quien primero conocí. Por que ahora eras diferente. Lo eras. Sabes muy bien que lo eras.
Y sentí como si hubiese comenzado de nuevo. Como si el día de hoy fuera la continuación de un ayer eterno. De un ayer en el que desapareciste sin despedirte, dejándome con la incertidumbre a cuestas, muriendo con la intriga.
El pasto infinitamente verde nos hizo olvidar las responsabilidades que debíamos asumir. Corriendo los minutos sin cesar (tic tac), recordamos lo que fuimos, lo que pretendimos ser, y lo que no podíamos olvidar…
La noche en Suiza nos salvo. Por que ahí supe la razón, o tal vez no. Por que ahí te mire a los ojos y aunque dije cosas que dolieron, creo que todo fue real. Tal vez la tristeza nos visitó suavemente esa noche… pero ya sabes que siempre habrá un paradero innombrable a la mitad para conversar…
Por que no te puedo mentir; volviste. Te sentí volver.
Y no hemos cruzado el umbral. La puerta está cerrada. Y ambos sabemos que sólo podemos ver a través de la cerradura.
¿Qué ves hoy?
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